Viviendo un pedacito del continente asiático.

24/ 04/ 2011 SI QUERÍAS BICICLETA, TOMA DOS TAZAS

Los dias de retiro espiritual quedaron atrás: de Moang sing a Luam namtha  y ahora rumbo Luam Prabang.
    Los transportes por aquí, aunque más limpios, no son más comodos que en India o Nepal. Las carreteras no están nada cuidadas y debido a poseer un paisaje montañoso, los viajes se convierten en un continuo penduleo mientras subes y bajas colinas y montañas.
    Como la ruta que el turista laosiano no difiere demasiado en cuanto a su recorrido, además de los autobuses locales hay numerosos servicios privados (minivans para ocho personas) que ofrecen llevarte a los mismos lugares por precios similares.  Parece ser que el autobús laosiano comparte ciertas características con sus habitantes:tranquilos, pausados, chiquititos y sin necesidad de relojes que marquen los acontecimientos del día. Resulta que los autobuses aquí salen "cuando esta llenos", ni más ni menos. Para ellos el razonamiento tiene una lógica aplastante pero, a nosotros, rigidamente aleccionados por las costumbres occidentales, nos hizo crispar un poco los nervios. Al final, para no "llegar tarde"cogimos una de las minivans preparadas para turistas .
    El viaje se las trae: tres belgas, cuatro españoles, un koreano y ni una sola recta a la vista.
    Tenemos la costumbre en estos últimos meses de preguntar cada vez que subimos a algún transporte la distancia y el tiempo que tardaremos el llegar. No se que me parece más increible. Que en la gran mayoría de las ocasiones cualquier parecido con la realidad(en cuanto a la información que nos dan) es pura coincidencia o que nosotros sigamos preguntándolo insistentemente cada vez que nos pica la curiosidad.
    El caso es que una vez más cuatro horas fueron casi ocho.
    Llegamos a luang praban al anochecer. Por lo que hemos leido esta ciudad es una de las más bellas del sudeste asiático. Rodeada de templos budistas y con una arquitectura propia del mismísimo barrio de mont-matre, restos de la colonización francesa.
    Por lo pronto lo primero es encontrar un lugar para pasar los próximos días por la ciudad. En seguida nos dividimos. Los belgas tiran por su lado, los españoles tiramos por otro y al koreano le perdemos por el camino. Esto parece muy preparado para el turista y pronto vemos las primeras guest-houses. Nos sorprende más que el estilo afrancesado, el estilo palaciego de muchas de ellas. Después de un buen rato de búsqueda nos quedamos con una habitación sencilla y confortable. En el piso de arriba se hospedaran Julia y Jonny.
    Por la noche el centro de la ciudad cobra protagonismo. Un gran mercado nocturno con cientos de puestecillos de abalorios y otro perpendicular a este  donde disfrutar de las delicias gastronómicas de la zona. Aquí les gusta mucho, como diría mi hermana, la "barbequiu": pollos, cerdos, peces, no importa hace cuanto tiempo ha sido cazado o pescado: todo va a la parrilla.


A falta de pizarrilla, buena es la pared.
 

    Los dos primeros días han sido muy relajados. Deleitándonos en nuestra queridísima "vida de barrio", paseos por la orilla del Mekong y cenas al olor del carbón.
    Después de cuarenta y ocho horas nos dijimos que ya era hora de echar un vistazo por la afamada ciudad y sus alrededores: templos, cuevas y cascadas dicen hacer las delicias de los visitantes del lugar.
    Al día siguiente nos vamos en busca de los primeros: los templos. Junto con un par de bicis pasamos la jornada perdiendónos por los rincones de la ciudad. Vamos en busca de una escuela budista donde hemos leido que los jóvenes monjes son instruidos en las artes plásticas de pintura, escultura y reconstrucción de templos e imágenes de buda.
    Hoy deben estar todos de pellas porque en el aula no hay nadie. A pocos metro de la sala de estudio encontramos a un monje adolescente mandando un sms con movil de última generación. En el templo de la escuela están parte de los estudiantes tumbados a la bartola: siempre pueden decir que están en plena meditación.



    Nuestras sospechas se confirman cuando a poca distancia en otro templo adyacente, aguardan en su interior otro grupo de muchachos de cabeza afeitada y paño naranja alrededor del cuerpo. Uno con un portatil, el otro echando un cigarrillo, más alla otro a teclazo limpio con el movil. Como dirían algunos de nuestros mayores en España..."estos chicos de ahora no son como los de antes".
    La jornada de hoy nos ha servido para conocer un poquito el lugar en el que vivimos. La verdad que es precioso. El río rodea una ciudad plagada de templos espectaculares, no hay edificios y eso te permite tener una vista espectacular que se pierde en las lejanas montañas. El cielo, lejos de toda contaminación (en Laos solo hay una fabrica de cerveza y otra de cemento) parece salir de algun cuadro impresionista.
    Al día siguiente aprovechando que tenenemos la bici, nos vamos en busca de unas cuevas muy famosas que estan a unos veinte kilómetros de la ciudad. Salimos los cuatro(Joana, Jonathan, Ceci y yo) rumbo a las cavernas. Después de un par de horas de pedaleo, descubrimos que esta algo más lejos de lo que nos habian dicho pero, aun así, decidimos continuar.

Por el camino nos encontramos este suculento refrigerio.
Los últimos diez kilómetros son un continuo sube y baja de caminos embarrados que hace que estemos a punto de dar marcha atrás en nuestro empeño. Con algo de esfuerzo extra llegamos a la orilla del río donde se encuetran las cuevas al otro lado.


     El día se nos ha echado encima y dentro de poco anochecerá. Por lo que parece lo más interesante de las cuevas es el camino hasta llegar a ellas por lo que desviamos nuestros esfuerzos en buscar un bote que nos lleve de nuevo a la ciudad.


En cillos a tu jari
 Después de un pequeño reposo, finalmente, somos transportados por el río hasta la puerta de casa. El paseo por el Mekong no tiene desperdicio. Aquí los colores parecen tener un brillo especial y los atardeceres te dejan sin palabras.


 
      El último día ha quedado reservado a las catarátas que, supuestamente están a una distancia similar a la de ayer en las cuevas pero con un camino mas sencillo y llano. Con estas caractéristicas de trayecto y, siendo advertidos de que el paisaje hasta llegar es espectacular, consigo, con algún esfuerzo, convencer a Ceci para que vayamos de nuevo en bici. A los pocos kilómetros el primero de los datos descubrimos que es incorrecto. La distancia es el doble de la que pensaba: de catorce a treinta kilómetros. Ceci me mira con cara de pocos amigos pero mantiene la energía y no dice nada. Al poco rato, la supuesta recta infinita se convierte en un rompe piernas de sube y baja. Es verdad,el camino es precioso, pero las bicis que llevamos son de paseo, la temperatura es de treinta y cinco grados y la humedad del ochenta por ciento. Ceci se baja y se caga en todo. Después de soltar la furia que lleva dentro se recompone y decide que va a llegar con la bici hasta las cataratas aunque sea cargando la bici a la espalda. Su tesón y cabezonería no tienen límites.
     Tres horas más tarde llegamos. Exautos, acalorados. Al final una furgoneta cargada de leña nos ha trasladado cinco kilómetros y a poca distancia de la llegada hemos hecho un alto en el camino donde nos han invitado a un cumpleños ofreciendonos refrigerio local. Sudorosos pero contentos hemos dado con las cataratas. El trayecto ha merecido la pena. Pequeñas y grandes cascadas que dan lugar a sucesivas pozas escalonadas donde poder darte un chapuzón. El agua esta helada y pronto recobramos el aliento y el buen humor.

 

     Por esta vez la vuelta la haremos en tuc-tuc. Ahora, de regreso a casa disfrutamos aun más del paisaje sin tanto esfuerzo y con la caida del sol.
    Mañana nos vamos rumbo a una nueva ciudad de la que dicen que hay que poco que ver más que guiris borrachos descendiendo en un neumático de plástico por un tramo del mekong. Ya veremos.
    De momento aunque esta ciudad nos deja un bonito recuerdo por sus templos, sus palizas en bici, su paisaje y sus barbacoas, no es exactamente el lugar que esperabamos encontrar repleto del encanto de la tradición y la escasez de recursos. Nada como ser testigos de cada lugar en primera persona.
   


   

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