Viviendo un pedacito del continente asiático.

9/2/2011 A COMERRR!

    Hoy conoceremos la escuela. Tenemos muchas ganas de echar una mano en un proyecto tan bonito. Aún quedan un par de horas antes de ir al centro asi que, todavía hay tiempo para echar un vistazo al pueblo y ver si hay posibilidades de encontrar una casa para alquilar durante el tiempo que pasemos en esta ciudad.
Los señoriales camellos.
     A la lista de perros, gatos, monos, cerdos, gallinas, caballos y vacas callejeros, aquí hay que sumarle los camellos, pavos y las cabras...el zoo en casa!
     No me extraña que este pueblecito tan pequeño sea tan conocido. Tiene muchísimo encanto: sus gentes, sus edificios, sus calles, los mercados y las tiendas...parece que el tiempo quedó parado hace cien años.
     El intento de búsqueda de casa ha sido en vano. La única propuesta que hemos encontrado ha sido un hombre el cual, quería salirse él de su casa para alquilárnosla por unas pocas rupias. Lo cierto es que de acogedor, el lugar, no tenía nada: sucio, oscuro y de baño "hindu" (un boquete en el suelo). Seguiremos buscando.
     Poco antes de irnos a la escuela hemos comentado a nuestro casero, Vintum, la situación en la que nos encontrábamos y que, probablemente, mañana nos iríamos en busca de una casa.
Como "everything is possible in India" (como dicen aquí) y porque aquí nadie deja escapar una rupia, Vintum nos ha solucionado el problema. Nos ha trasladado de habitación para situarnos en otra que da a un patio exterior para que la utilicemos como sala de estar y cocina (nos ha conseguido tambien un camping gas). Todos los cacharros que necesitemos podemos cogerlos de la cocina del hotel y además, nos mantiene el precio de la habitación. Ahora no tenemos una casa. Tenemos un palacete, con terraza en la parte alta del edificio, agua caliente, salon comedor, terraza a la puerta de la habitación "tipo andaluza" y un cuarto grande por 150 rupias al día (poco más de dos euros).
Con el tema de la casa solucionado, nos vamos a ver que se cuece por la escuela. Hoy seremos un total de ocho personas las que iremos a pasar el día con los niños. Por lo visto es una situación inusual ya que, normalmente, son dos o tres los que llevan a cargo la tarea.
La escuela está dividida en tres plantas. En el piso bajo la cocina y dos salitas que hacen las veces de comedor y librería. En la primera planta la sala de juegos. Aquí es donde están la mayoría de los niños entretenidos con distintos juegos de mesa. Por último hay una azotea al aire libre donde se realizan tareas manuales o clases con instrumentos de música.
A nuestra llegada hemos sido presentados a todos los niños. Se muestran contentos a la vez que habituados a los visitantes que dejan su paso por aquí unos días.
Para mi sorpresa, son niños muy educados y cariñosos con nosotros, a pesar de que entre ellos muchas veces se comunican a tortazo limpio, sin que ello impida que la relación se mantenga excelente.

La sala de juegos.
 Poco a poco van cogiendo confianza contigo. Juegan, te besan, te abrazan...en seguida te encariñas con ellos.
     Las actividades que se pueden desempeñar aquí, dependen de la imaginación de cada uno. Hay carta blanca para plantear y realizar cualquier cosa en la que ellos quieran participar (ya tenemos algunas ideas para los próximos días).
     A las tres de la tarde, llega la hora de la comida. Los niños en una sala de la planta baja, las niñas en la otra. La hora de la comida me resulta en cierta manera ceremonial: un silencio sepulcral durante la espera y la ingestión de la misma, un rezo en los instantes previos con los platos ya servidos en el suelo (uno de ellos se levanta y comienzan una plegaria a modo de conversación en la que el chico que está de pie dice una frase y todos los demás repiten algo parecido). Parece que el momento es importante para ellos porque todos están con los ojos cerrados, muy apretados y las manos juntas apuntando hacia el cielo. Acto seguido...a comer! Todos en silencio, sentados en el suelo con las piernas en cruz.
Desde pequeñitos les acostumbran al picante y mientras a ti te arde la boca, ellos disfrutan de cada bocado. Aquí no oyes un: " Esto no me gusta, profe!"...no dejan ni un grano de arroz en el plato. Según van terminando se levantan, lavan su plato y dos de ellos (cada día unos) se quedan barriendo la estancia mientras los demás juegan unos minutos en la calle, antes de que llegue la hora de volver a casa. La misma operación se repite en la estancia de las niñas.
     Antes de irse, en algunas ocasiones (como la de hoy), tienen postre. Todos en fila india, esperando su regalo de despedida. Hoy le toca a Ceci repartirles un platano a cada uno. La verdad es que te emociona como alguien puede recibir una fruta con tanta alegría...da que pensar.


  
Los niños recogiendo su trofeo.
       A pesar de tener ya nuestro caserón, hoy todavía no tenemos la cocina montada por lo que nos buscamos la vida por el pueblo para comer-cenar algo. Es un pueblo diminuto pero con algunos rincones por los que perderse. Pequeñas callejuelas llenas de vida en la que los autóctonos no pierden sus costumbres
a pesar de la llegada del turismo: es muy auténtico.

Puestecillos ambulantes.

      Antes de acostarnos hemos pasado un buen rato en la terraza de casa con nuestro casero y un amigo suyo. Dos chicos encantadores, inusualmente modernos, casi occidentalizados en su modo de vivir y muy divertidos.
     Hemos triunfado con la casa, la escuela y el pueblo. Nos esperan grandes días en Pushkar.







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